S2
A lo lejos estaba, en la carretera. Estaba vestido de blanco y parecía que el peso de su espalda lo estuviera apaciguando con una punzada que ejecutaba con su propia mano. Tenía como pierna de sostén la derecha, la izquierda estaba soportando el dolor de sus lumbares, el dedo pulgar de la zurda le punzaba la piel. Lo veía. Su brazo derecho era el de la guía, era diestro y su bastón era marrón; de buena madera.
Yo estaba dentro del carro, era de noche y él estaba en la autopista. Las perspectivas relativas nunca cambiaron. Él estaba siempre a la misma distancia de mí, sentía su risa, su cabellera larga y blanca, tanto como su vestido; eran pulcros, llevaba también ropa interna blanquísima. Cada vez más, él estaba sonriéndome, hacía muecas de alegría y su cabeza se movía cual péndulo vertical que me indicaba un regocijo interno.
Al inicio me dio miedo, luego sentí alegría; de nuevo sentí miedo y muy prudentemente decidí despedirme, él decide despedirse dejando cierto estado de saludo y cortesía.
Aquella luz afable era común a tantos estados repentinos de la luna y su cándida beldad.
Era de noche, la cuidad que visité llevaba tantos hombres de piel blanca y no tan tersa. Él no estuvo, siempre fue él.
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