Siendo las 5 de la mañana, aquella cortina de paz empañaba aún mis sentidos más mortales. Había sido conducida por una tenue conexión a un hombre mayor, vestido de blanco, parecía preocupado.
La conversación habrá durado años, yo no sé, estaba al lado de mi cama y mi intuición me permitía coordinar cierta lucidez en mis palabras; por momentos creía que me contaba una historia, que su legado había sido entregado personalmente. Me hablaba de la vida, de la suerte, del perdón y las casualidades; jamás de mi vida; yo no sé.
De pronto, el frenetismo humano me cortó la vía, tan típico de mí. Ella partió despidiéndose, la puerta estaba abierta y salió. Era grande y fuerte, creo que nada se llevó.
Cuando desperté, la luz de su sombra yació en la puerta de mi habitación. Descubrí la fuerza de su energía; habíamos intercambiado, conocido, descubierto, ella quizás me habría quitado o tal vez me había otorgado, yo no sé. Su cabello largo desapareció en el umbral oscuro, el vidrio reflejaba su silueta y yo pude verla salir. Salir sin salir, ahí está, siempre.
Cuando fuese momento prudente para atrapar la luz en las tinieblas, vería de repente y sin reclamo su rostro y sus intenciones. Era grande y fuerte; su mano quedó incrustada cual estigma en la mía, llevo más energía en mi palma de la fuerza. El poder es tenue, la fuerza está más concentrada, la sabiduría también.
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